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confianza en el uso de Internet para el comercio y el intercambio, e incluso paralizar
la infraestructura civil. El volumen y el alcance de esas actividades están en aumento;
b) Estados. Cada vez más el público recibe información anecdótica sobre la
creación y utilización por los Estados de capacidades que extienden al ciberespacio
las formas tradicionales de conflicto estatales, o lo usan con esos fines. Sin
embargo, no hay aún pruebas concluyentes sobre la fuente o las intenciones que
inspiran esos hechos, que comúnmente se supone promovidos por el Estado. Como
suele suceder, la identidad y la motivación del autor solo se puede deducir del
objetivo, los efectos, y otros indicios circunstanciales relacionados con un incidente;
Terroristas. Actualmente el terrorismo no tiene capacidad para utilizar
c)
las tecnologías de la información y las comunicaciones para poner en peligro las
redes de información o ejecutar operaciones con efectos físicos, pero no puede
descartarse que esas capacidades puedan surgir en el futuro. La mayoría de los
expertos coinciden en que, en la actualidad, los terroristas se basan en esas
tecnologías para reclutar, organizar y solicitar financiación. Entre las amenazas
específicas derivadas de la utilización de Internet por terroristas figuran el uso de la
Red para organizar y llevar a cabo un atentado terrorista cinético específico.
d) Sustitutos. Un fenómeno cada vez más preocupante es el de los
individuos o grupos que ejecutan actividades malintencionadas en línea en nombre
de otros, sean actores estatales o no estatales, con fines lucrativos o por motivación
nacionalista o de otra índole política. Se ha informado de que los llamados “Botmasters” ofrecen diversos servicios malintencionados al mejor postor. Por sus
atributos peculiares, la tecnología de la información ofrece un alto grado de anonimato
a esos actores y ocultan efectivamente cualquier relación con un patrocinador, lo
que dan al promotor la posibilidad plausible de negar cualquier acusación.
Los desafíos que enfrentan los Estados en relación con estas amenazas son
formidables. Por los propios atributos de las tecnologías de la información y las
comunicaciones, los actos de los autores de amenaza probablemente solo serán
visibles en sus efectos. Por lo tanto, la identidad de los autores no se puede
determinar con un alto grado de confianza a tiempo, e incluso, nunca, y el éxito
depende a menudo de un alto grado de cooperación transnacional. El creciente papel
de los sustitutos complica aún más el proceso de atribución de identidad, ya que la
parte afectada debe identificar no solo al autor sino también al promotor, lo que
seguramente ha de agravar aún más el problema en el futuro.
Estas dificultades exigen que los gobiernos nacionales organicen y pongan en
práctica actividades nacionales para crear y desplegar un sistema de defensa
resistente y distribuido en varios niveles, para proteger las infraestructuras de la
información y las comunicaciones, independientemente de la fuente de la amenaza.
Al mismo tiempo, la compleja naturaleza transnacional de esas amenazas impone la
necesidad de la colaboración internacional en la formulación de estrategias para
abordar los riesgos a nivel mundial.
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